jueves, 22 de septiembre de 2011

Consideraciones sobre la alucinación Alberto Sanen Luna.

El fenómeno de la alucinación en la historia de los sujetos y de las sociedades ha sido visto tanto como un enigma del acontecer psicopatológico del individuo y una revelación de las condiciones existenciales del mismo, entonces proponer una breve re-visión de ello es justamente para resituar los campos de aquello que se denominaria la realidad (1)

Debemos comenzar señalando la existencia de al menos cuatro posturas alrededor de la alucinación donde cada una conlleva implicaciones particulares para con conceptos, términos y sentidos particulares, que se sostienen aun en contra del reduccionismo metodológico que despliega el positivismo imperante

La primera de ellas se empeña en reducir al fenómeno a una cuestión de error de los sentidos y por lo tanto atribuyen valor de discernimiento a estos últimos, a saber, asigna sin desearlo, juicio, discernimiento y por supuesto sentido a los sentidos, cuestión por demás alejada de la experiencia y aproximada a un pensamiento sensualista falto de trabajo teórico. También se desprende de ello la consideración de que la realidad externa impacta de manera directa en el acontecer del sujeto, sin que este tome parte activa de ello, sin que pueda propositivamente involucrarse con lo exterior.

La segunda línea apreciativa esta marcada por la clásica enunciación atribuida a Esquirol “percepción sin objeto”, y que es revitalizada por Henry Ey en su magnífico tratado sobre las alucinaciones “percepción sin objeto que percibir”. En esta postura destaca no el error de la barrera media del sentir sino que destaca a la percepción atribuyendole un movimiento automático de creación de objetos que no corresponde con el exterior, pasando por alto que justamente la creación de una vida psíquica marca la creación de objetos internos que no corresponde con su referente, sino que por el contrario se alzan como referente del mundo. De igual manera dicha posición, pretende regular la relación de los individuos con la realidad, pero sobre todo establecer una sola realidad.

Estas dos posiciones en medida de sus premisas solo puede adjudicar a lo alucinado y la alucinación el valor de un síntoma que sea fundamental, secundario o accesorio, sirve para ubicar al sujeto en una página nosográfica, estableciendo la diagnosis y el posible tratamiento, sin indagar en lo que encierra la alucinación misma. Y si bien la posición fenoménica va mucho más allá de este punto acogiendo en su centro al ser y por tanto intentando responder a la aparición de la alucinación en otro sentido, se olvida de las innumerables perspectivas que esta encierra, estableciendo un sistema causal inmediato, contraviniendo lo expresado por Claude y Ey en su disertación sobre las alucinaciones “no se puede considerar la realidad como un dato simple o inmediato…no podemos considerar la objetibilidad como algo inherente al dato sensible” (Claude, 1988, 87). El estatuto que toma es por tanto el de manifestación de la enfermedad.

Independientemente de las posturas clínicas o, por qué no, soportando su creación y desarrollo, encontramos a la alucinación como medio de ordenamiento no de la realidad, sino de los hombres y un plano distinto de la existencia, punto de partida para el encuentro de uno mismo o de los dioses, por medio de la ingesta de sustancias que el psicoanálisis caracteriza de, “sustancias del imaginario” (Melonette, 2005, 15) (3) ampliamente difundido entre los indígenas de México donde el poder de las visiones, brinda a uno el estatuto de “visionario” En México el mayor renombre lo alcanza Maria Sabina en la sierra de Oaxaca, quien procura una forma de encuentro con ese Otro mundo en que se ubican nuestras respuestas o donde deberían de ubicarse.

Dicho encuentro esta mediado por la devoración, el cómo puede entrar en nosotros y que gracias a ello logramos reconocerle, de allí que la llamada “carne de los dioses”, este hongo llamado “Teonanacatl”, sea convertido en una vía regia para reencontrar ciertos indicios del camino de la primera experiencia de vida, algo que ya mencionábamos junto con Freud como satisfacción alucinatoria de deseo, y que es la que nos coloca en el mundo.

La lectura del psicoanálisis abarca tanto las apreciaciones clínicas de la psiquiatría como las consideraciones etnológicas atribuyendo nuevos caminos a la re-flexión que sobre la alucinación pueda realizarse. Esta posición se aleja de la denotación sin sentido e incluso plantea que en un mismo movimiento la conotación surge, a saber, donde no sólo es algo lo que aparece, sino lo que se presentifica y en un plus, lo que ello implica para el sujeto

Desde este punto se considera que el objeto no sólo existe por su presencia, sino que su ausencia y su no-presencia posibilita la presencia del resto, por ello quizas Tissot pueda decir que el sujeto “tiene por supuesto un objeto, pero este es de otra naturaleza que los objetos reales” (Tissot, 1992, 117), serán objetos indescriptibles ya que “lo que se ve subjetivamente es más o menos afín a la descripción de un objeto, pero justamente por eso no funciona como descripción de un objeto” (Wittgenstein, 1979, 80).

Como vemos lo fundamental es la ausencia, cual punto de partida mención que tiene Freud al denominar el arranque objetal engarzado a una satisfacción alucinatoria de deseo, donde “la alucinación aquí no significa un episodio localizado sino una actuación global en el campo perceptivo y vivencial” (Mazzuca, 1986, 110) pero además le inscribe en distintos registros de la operacionalidad psíquica. Ya sea como parte de “una primera serie de alucinaciones sobre un neocódigo que se presenta como proveniente del Otro. Es lo mas terriblemente alucinatorio que hay” (Lacan, 1999, 210). Haciendo que cualquier reviviscencia sea tomada bajo el signo de la angustia y lo terrorífico, cual sinthome(2) o, suplencia que permite vivir en la realidad al que “lo que le caracteriza es la sustitución de una realidad perdida” (Orvañanos, 1988, 141).Fenómeno de franja, aun cuando queda explícito que es algo de lo real que se hace presente en la intersección de lo imaginario y lo simbólico, cabe ahondar que las alucinaciones se encuentran en los intervalos mismos de los significantes, dan el soporte para la construcción de la “holofrase” (Laurent, 1989, 36), es la soldadura del “primer par de significantes”, sean el S1 y S2, la suplencia y el S2 o cualquier combinación posible e incluso esto es lo que permite vislumbrar el por qué de la frecuencia de las alucinaciones, pues merodean en el vacío.

Al mismo tiempo que se toma cual punto de partida, resta a la alucinación un carácter mórbido sintomático, llevando con ello la alucinación del campo de la enfermedad al campo del ser de lenguaje donde “las alucinaciones son estructuradas en el nivel del significante (…) es un fenómeno del significante” (Lacan, 1999, 228) donde la alucinación se plantea como verdadera a la manera de Taine “dicho de otro modo todo estímulo tiende a producir una alucinación, el principio del funcionamiento del aparato psi es la alucinación. Esto es lo que quiere decir proceso primario” (Lacan, 1993, 167) contundente Lacan afirma “el sujeto alucina su mundo” (Lacan, 2005, 21).
Al decir soportando la clínica, lo hacemos al considerar por ejemplo a Moreau de Tours con su texto "Du haschisch et de l alienation mentale", acercamiento que la ciencia también ha intentado con su recubierta y su velo las investigaciones desarrolladas por Henry Michaux en cuanto sus estudios con la mezcalina “el producto le sirve (…) como palanca por la cual accede a terrenos desconocidos de la percepción” (Melonette, 2005, 67). En esta línea se ubican también las experiencias con LSD de Foulcault, quien enunciará que con el uso de estas sustancias lo que se pone en juego “son fragmentos de un pensamiento emancipado, que sale de su catatonia y se pone en movimiento” (Melonette, 2005, 107) o las experiencias de Salvador Bouquet, quien partiendo en un inicio del psicoanálisis concluyó estableciendo lo que denominará psicosíntesis, la cual consiste en la administración de ketamina con la finalidad de inducir un estado alucinatorio “una primera parte denominada psicótica, dominada por el efecto y el manejo de los psicodislépticos y la segunda denominada reintegrativa, basada en la condición de síntesis, habiendo ya pasado el cuadro alucinatorio” (Roquet, 1981, 69)

Ahora bien, la alucinación de aquello que le engaña y es más distingue la alucinación de la percepción en si, una queda con alguna certidumbre tal es el caso de la alucinación, la otra con la duda que siempre le acompaña y que por tanto es necesario constatar interminablemente, la percepción. Debido ello, a que no pertenece al yo-realidad definitivo, a quien le compete establecer un juicio entre lo externo o interno, sino a el yo-placer inicial, que en conjunción con el principio de placer y displacer da por resultado la “actividad binaria del adentro y el afuera” (Maleval, 2002, 44), más cercano a los fundamentos del sujeto mismo, que los juicios operativos que de él se desprendan, ya sea consciente o inconscientemente.

Es en ese principio del placer que lo colocado es lo imposible, desde allí se despliega el mismo, entendemos entonces que “la idea de que la función del principio del placer es satisfacerse mediante la alucinación, lo ilustra” (Lacan, 1987, 175), queda ilustrada la imposibilidad de ello, la innegable participación de la alucinación en la estructuración del aparato y de todo de lo que el se pone en juego en un momento dado, a saber, queda la alucinación negativa puesta al descubierto, a pesar de que el objeto esta allí, nunca se da con él ya que propiamente nunca está y sin embargo adquiere un lugar, en medida de que “toda forma, todo objeto puede asumir, en grado variable, un valor simbólico” (Leclaire, 1999, 124).

Por ello “en la alucinación no hay una pura y simple presentificacion de los objetos de una necesidad, ni aun en la alucinación mas sencilla de la más sencilla de las necesidades” (Lacan, 1987, 161). Si bien entonces tendrá su parte de re-integración de elementos inconscientes a la trama de la realidad exterior que se extiende en el horizonte del sujeto, de despliegue de las fantasmagorías o elementos de estructura, también con el fenómeno alucinatorio se presencia la puesta en juego del agujero y de las condiciones que le revisten. Desde ese instante (instante como tiempo lógico) el sujeto pasa del abismo, de la perplejidad al ser tomado como objeto del Otro, se ve reducido a ello, a saber “allí donde soy reconocido, no soy reconocido sino como objeto. Obtengo lo que deseo, soy objeto, y no puedo sopórtame como objeto” (Lacan, 2002, 33), es punto de alineación, que buscará remontar reconstruyendo el mundo, en la llamada escalada delirante.

Mas en todo caso esto primario, esto que también será llamado en ocasiones primitivo es un “fraccionamiento del espíritu…por lo cual el principio del delirio (diríamos del conocimiento en general) no se encuentra en la creencia, sino en la alucinación” (Claude, 1988, 89) como ya apuntaba Leuret.

Sin embargo esta cuestión es la búsqueda misma, el deseo, es lo que nos empuja, avienta, arroja y precipita hacia la búsqueda constante, la alucinación; el mundo de la alucinación es un mundo antiguo y siempre presente, por ello que se constituya como medio para acercarse a la Verdad, al Saber y a Dios-Otro

Cabe acotar que estas experiencias místicas guardan cercanía con los estados de éxtasis que presentaban, en algún momento las histéricas y sus vivencias alucinatorias que no se encuentra lejos de lo que acontece en el habla con los dioses, es la operatividad de la verwefung que “posee la capacidad de generar una ruptura total con una realidad imposible de asumir” (Maleval, 2002, 39)

Debemos entonces quedar claros que si bien nos hablan de algo que no se encuentra ante nosotros, no quiere para nada decir que no se encuentra ante el alucinado, todo acontece tal como acontecen los juegos de lenguaje, situación que confirma a la alucinación como verbal, a saber, “quien se guía por reglas gramaticales que son tales o cuales, no por eso dice algo incorrecto, sino que habla de otra cosa” (Wittgenstein, 1979, 62) o pueden ser enunciados como definiciones ostensibles.

Notas y bibliografia

1.Recordemos que la realidad puede ser apreciada desde distintas ópticas; la realidad formal, objetiva, vivenciada, vivida, social, campos diversos que merecen apreciaciones especificas.

2.Postulación de Lacan respecto al posible anudamiento de la realidad psíquica.

3.Sin embargo hay que hacer hincapié en la occidentalizacion de los saberes, tomando al occidente como creación económica y no como referencia geografica.

Bibliografía

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